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El proyecto de la cancillería argentina “La voz de los sin voz” llegó a la zona de Bejuco, en Sagua de Tánamo, para documentar las expresiones artísticas y el modo de vida de los representantes de la Tumba Francesa.

Sebastian Arias, Leandro Maldonado y Sergio Guzzetti convivieron casi una semana con los tumberos. Yo estuve un poco antes para servir de enlace y hacer la investigación previa, y quizá porque conocía algo de ambas culturas me sentí siempre a medio camino entre una y otra.

Era como estar en el medio, como cuando uno va caminando por un callejón muy estrecho, y viene una multitud en sentido contrario. Intento avanzar y me golpean el hombro, sigo caminando, chocan mis brazos, no avanzo, algunos me ven y me esquivan, otros no. Al final me quedo quieta a esperar que pase todo el mundo.

Era como ser el puente, saber un poco de las dos partes, traducir algunos términos, y luego dejar que tejieran su propia madeja, que los argentinos hablaran de fútbol, brindaran mate, tocaran dos temas de Los piojos y luego comieran arroz y frijoles, cantaran los estribillos del changüí, jugaran pelota; a la vez que los tumberos terminaran susurrando con la mbira de Sergio, una melodía que ni siquiera viene de Argentina, sino de un país más lejano, Zimbabwe.

Bejuco no es un país, es una loma y un hueco a la vez, situado tras los 17, 21, 18 –todo depende de quien lo diga y del alarde que quiera hacer– cruces de río que lo separan de la cabecera municipal de Sagua de Tánamo (son 17, los contamos). En el siglo XIX Candelaria llegó allí, no supimos si con sus siete hijos a cuestas o sola. La habían raptado y traído en un barco negrero, desde Guinea Bissau, aquí tuvo su descendencia con algún colono de los que emigraron de Haití, tras la Revolución de los esclavos en 1791. Bejuco también es eso, la tumba de Candelaria, el recuerdo del que se sostienen con fuerza todos sus bisnietos, tataranietos, choznos.

Allí estaban casi todos la semana pasada, y estábamos nosotros, claro, por eso no vimos la pasividad, el tedio que quizá lleguen a sentir los bejuqueños cuando termina el día, o en las horas de más calor. No podíamos percibir “lo cotidiano”, apenas intuirlo, tratar de distinguir entre el comportamiento habitual y el que resultaba de nuestra presencia.

Quizás Abelardo no baje todos los días de su casa con el tres y la guitarra a tocar changüí, pero estaban sus hermanas y estábamos nosotros, la visita. De seguro la planta eléctrica solo dura cuatro horas, y no más, como sucedía, mientras estuvimos. Sí es probable que Maritza se levante bien temprano todos los días, que Orelvis y Marileidis vayan en una yegüita a la escuela o que Pipo se pierda, de vez en vez, en su caballo y nadie sepa a dónde fue o cuándo regresa, porque es un hombre callado que no da muchas explicaciones.

En ese entorno me habría sentido una extraterrestre cantando la canción de Pink y Nate Ruess que no paraba de escuchar, antes de salir a la aventura, sin embargo no me parecía descabellado cantar una canción de Calamaro o Fito, será porque terminé creyendo que los chicos argentinos también pertenecían a Bejuco, porque si regreso ahora me parecería muy raro que ellos no estuvieran allí, diciéndome que en Argentina no se ve Orion (¡qué locura!) ni Casiopea, ni la Osa Mayor por las noches, que el Mencho esto, que el Mencho lo otro, o parodiando a Emesterio y su clásico “Cuidado amol”.

Quizá debí empezar hablando de la Tumba Francesa -“Tumba” de tambores, fiesta, nada que ver con los cementerios- expresión musico-danzaria, que nació en tres lugares de Oriente, uno de ellos Bejuco, en el siglo XIX, y del que se sienten herederos Emesterio, Maritza, Elivania, y casi todo los que viven allí o han emigrado por alguna razón.

Candelaria bailaba tumba, lo transmitió de una generación a otra, y eso fuimos a “registrar” con una cámara, y un equipo de sonido. Las cosas –no sé cómo dirían los argentinos, ¿el coso?- han cambiado bastante, desde el siglo XIX. Los tumberos oyen reguetón, salsa, a la par que recuerdan el toque, la melodía y la letra de las canciones de la Tumba. Muchos se resisten a perder eso que los une y tratan de que sus hijos también aprendan las letras, los toques… pero el modo de vida es otro, la hibridación es inevitable: Una mujer llega a caballo vestida con jeans, blusa elastizada y un bolso moderno colgado al hombro; “Sapo”, un niño de unos ocho años, se baña todos los días en el mismo río que lo hicieron sus padres, pero se pela al estilo del Yonqui, el cantante habanero que sale en la TV; Yorgelis, uno de los tumberos, usa gafas negras todo el tiempo…

Aún así siento que en Bejuco se preserva un modo de vida único, por los vínculos familiares y culturales. Es como si todos llevaran algo pesado encima que los hace caer por gravedad en el mismo lugar, tal cual los granos del café cuando se golpea el mortero, todos van a parar juntitos al fondo y al centro. Y nosotros intentamos llegar hasta allí, al fondo.

Ahora ya salí del callejón… Nos fuimos de Bejuco, bajo el sonido de la lluvia en la lona del camionero, Sebastian y Leandro tomaron un avión a Buenos Aires, Sergio sigue otro itinerario. Escucho a Spinetta (Sube a las hojas y cae hasta el mar, cómo es que puedo tocarle las manos…) y no voy a la patria de Cortázar, sino al fresco de la mañana en Bejuco; extrañamente los toques del Yubá y la voz de Elivania me recuerdan a la Argentina y a Spinetta.

 

Por Aracelis Avilés Suárez

Disponível em http://www.ahora.cu/secciones/especiales/8578-a-medio-camino


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