contos da antologia ¡Basta!: cien mujeres contra la violencia de género

os contos a seguir fazem parte da Antologia “¡Basta!”, publicada no Chile pela editora Asterión. o livro reúne mais de cem relatos breves ou micro-contos de não mais de 150 palavras, escritos por mulheres, sobre a violência de gênero. essa iniciativa foi reproduzida em outros países, como argentina e peru e deu origem a um segundo livro: “¡Basta! – más de cien hombres contra la violencia de género”, para mostrar que a violência deve ser combatida por todas e por todos.

Opciones
Se dijo que tal vez hubiese sido mejor el divorcio. Pensó en eso un minuto nada más, porque tenía poco tiempo para deshacerse del cuerpo. (Gabriela Aguilera).

Grasocienta
Dejó de soñar porque las princesas son bellas y el espejo le devolvía su imagen distorsionada. Él dijo que era gorda y ella le creyó, él dijo que era vieja y le rompió el corazón. Es la Fea Durmiente, la Negra Nieves, la Ballenita. (Taty Torres)

Porque no sabe
Anoche “Dios” bailaba en sus mejillas como una mancha. Muñequita quieta casi de trapo juega porque no sabe, porque no quiere, porque tiene la lengua mordida de leche porque no es leche.
Detrás de la puerta la puerta el sueño perfecto para atascarse el sueño en su faldita rota como un fantasma.
Bendita tú eres entre todas las mujeres. Y bendito es el jugo de tu sexo, tu cuerpo entregado por todas nosotras, mordido, por amor a mí, por amor a todos, tu lengua santa tu piel tu asquerosa piel corderita de dios.
Todas las niñas del barrio éramos de barro olíamos a carne y mierda teníamos el culo roto y las uñas pintadas de nacimiento lanzábamos besos al aire y manoseábamos a nuestros hermanos chicos.
Dios nos miraba desde arriba y nos subía la falda y nos enviaba al abuelo o al vecino. (Amanda Durán)

Testigos de peluche
– Mamá, anoche vino de nuevo.
– Natalia estoy cansada. No sigas con eso.
– Es cierto, mamá.
– Ya está bueno, Manuel jamás haría algo así.
– ¡Es verdad, no estoy inventando! – El grito de Natalia terminó por alterar a la madre. Tomó a la niña de un brazo y la arrastró hasta su dormitorio.
Natalia se quedó tirada en la cama, y miró. La lámpara en el techo con las flores de papel que hizo en el colegio. La repisa con las muñecas y peluches que el papá le regalaba sin motivo aparente. La cortina quieta ya sin brisa.
A medida que oscurecía, se acercaba la hora en que entraba el auto al garaje. Enterró los dedos en el oso amarillo, y no lloró.
Alguien abriría la puerta. (María Eugenia Brito A.)

Un tarro de leche
El padre llega del trabajo, entra en la casa y busca a la mujer en la cocina. No a la madre, no a la esposa, es a otra a la que busca; otra, la que lo tiene subyugado. Insidiosa, la mujer le susurra algo al oído. Entonces, él sube las escaleras, entra al baño y con violencia jala del pelo a su hija de nueve años. Furioso la saca de la ducha y la arrastra por las baldosas. La pequeña suplica tratando de cubrirse. Gime, llora, pero el padre no cede, enceguecido golpea; golpea donde caiga sobre su cuerpo, que desnudo arde. Un golpe seco entre las piernas y algo se quiebra, la niña sangra, sus labios se inflaman. ¿Por qué no le pediste permiso antes de abrir ese tarro de leche? (Eugenia Prado Bassi)

Enemigas
Me decía que era linda, que mis ojos, que mi porte, que no parecía de trece años.
Elegía mi ropa, cepillaba mi cabello, me peinaba con cintillo y me compró mis primeros zapatos de medio tacón. Insistía en que no le contara a “la otra”, que yo era su favorita, que él tenía dos esposas.
Un día, mientras hacía mis primeros intentos en la cocina, me abrazó por detrás, me tomó la cintura, me dio vuelta, y vi sus ojos cerca, muy cerca, antes de que me pincharan los pelos de su bigote en la cara y algo mojado entreabriera mi boca.
Que no dijera nada, decía, que era nuestro secreto.
Sólo cuando al tiempo lo vi haciendo lo mismo con mis dos hermanas menores, comprendí que mi madre no era mi enemiga. (Amanda Espejo)

Las súplicas que nadie oyó
Desde la casa del fondo provenían los peores gritos de toda la cuadra. Todas las familias, de una u otra forma, ajustaban cuentas con sus hijos cuando llegaba el informe de notas, o no se lavaron las tazas cuando correspondía. En esa casa las cosas eran peores que en otros lados. Primero las súplicas, luego el llanto: Angustioso, terrible, como si a la mujer la quemaran con agua hirviendo o con cigarros. Nunca pude saberlo porque jamás vi algo.
Sé que tenía un bonito pelo. Lo vi solo una vez, de la mitad a las puntas, colgando de una bandeja, el resto estaba tapado con un nylon naranja. (Natalia Berbelagua)

Mujer bien parada
Como ella era una mujer bien parada, que sabía defender sus derechos y no daba su brazo a torcer, un día él se lo torció con tal fuerza que, antes de rendirse, la articulación de su codo cedió con un violento crujido.
En el hospital ella dijo que se había tropezado. Caído contra unos escalones.
Después él le regaló flores, la atendió, la consoló, le hizo el amor como si hubiera sido la primera vez.
Ahora ya no pelean tanto, ni es necesario confrontarla para que dé su brazo a torcer porque nunca más volvió a ser el mismo.
Le quedó así el brazo, torcido. (Andrea Maturana)

Transgénero
Deseché mis privilegios para ser la mujer que soñaba.
Ahora estreno mis tacones altos en la vereda de la discriminación. (Miranda Montealegre)

Error de percepción
Están totalmente equivocados. Teníamos algo hermoso. La gente es malpensada. Me enamoré de ella, nos íbamos a casar. Si hasta dejé a mi mujer. Y ya casi tiene doce. (Lorena Saavedra)

Antígona de los objetos
El cuerpo del plato se separó en muchos pedazos irregulares, y cada uno tomó la forma que el impacto le asignó. La nueva y múltiple individualidad de sus partes maldijo el accidente, pues su identidad moría a la vez que pasaban a formar parte la inmensa cantidad de desperdicio. De pronto, una mano levantó el pedazo más grande y lo incrustó en el ojo de quien antes lo lavara. Al principio cada parte que quedaba en el suelo lamentaba tan triste destino, pero más tarde lo envidiarían: él sería el único que tendría un entierro digno, junto a la mujer, en el fondo del patio. (Yosa Vidal)

Votos matrimoniales

Prometo alejarte de tu familia y amigos para que seas sólo mía. Prometo poseerte y controlarte, saber tus pensamientos y deseos incluso antes que tú.

No dejaré ni un resquicio de tu mente y ni de tu cuerpo libre de mí. Prometo regalarte flores y pedirte perdón después de cada golpe y tratarte bien hasta que merezcas un nuevo recordatorio de que soy yo el que manda. (Francisca Rodríguez)

Consecuencias

No hay nada, solo este silencio pálido, sin ruidos, sin frío ni calor. No hay miedo ni dolores. Nada.

La rabia, la pena, la alegría, se fueron y solo yo permanezco, desvaneciéndome. No sé dónde estoy ni cuánto tiempo ha pasado. Recuerdo que dejé a Toñito en el colegio, estaba nublado y el frío le hacía castañetear los dientes.

De vuelta a casa abrí la puerta y estaba ahí, esperándome. Me paralicé: ¡olvidé dejar calentándose sus toallas! La angustia me cortó la respiración y su mirada me aplastó, me despedazó como una viga de concreto que cae a toda velocidad. No sé qué pasó, quizás entendió mi olvido, porque no me duele nada y solo vislumbro colores tenues y me parece escuchar algunas voces.

Se oyen lejos. Quiero ver al Toñito, pero no sé dónde estoy. No sé si aún estoy. (Caterina Prado)


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