poemas sobre a migração

eclipse

papá:
dime cómo son los barcos, cómo eres sobre uno de ellos, el mar bajo ustedes dos.
me han pedido que escriba en correcto español MI PRIMERA TRAVESÍA.
he leído a stevenson, conrad, london: no es suficiente.
antes de dormir pienso en nosotros y veo el mar como un tú gigante dentro del que sacudo los brazos y juego con los peces que se hacen monedas de ojos amarillos y me han llevado al médico.
escríbeme en correcto español cómo es el mar y que es mentira lo que todos dicen: que no eres tú y el barco sobre el mar, sino el mar, desde hace mucho, sobre ustedes dos.

(josé alberto velazquez (las tunas, cuba, 1978)

 

Textos de Eduardo Galeano (Uruguai, 1940-2015), publicados em: Bocas del tiempo (2004)

 

Los emigrantes, ahora

Desde siempre, las mariposas y las golondrinas y los flamencos vuelan huyendo del frío, año tras año, y nadan las ballenas en busca de otra mar y los salmones y las truchas en busca de sus ríos. Ellos viajan miles de leguas, por los libres caminos del aire y del agua.
No son libres, en cambio, los caminos del éxodo humano. En inmensas caravanas, marchan los fugitivos de la vida imposible.
Viajan desde el sur hacia el norte y desde el sol naciente hacia el poniente.
Les han robado su lugar en el mundo. Han sido despojados de sus trabajos y sus tierras.
Muchos huyen de las guerras, pero muchos más huyen de los salarios exterminados y de los suelos arrasados.
Los náufragos de la globalización peregrinan inventando caminos, queriendo casa, golpeando puertas: las puertas que se abren, mágicamente, al paso del dinero, se cierran en sus narices. Algunos consiguen colarse. Otros son cadáveres que la mar entrega a las orillas prohibidas, o cuerpos sin nombre que yacen bajo tierra en el otro mundo adonde querían llegar.
Sebastião Salgado los ha fotografiado, en cuarenta países, durante varios años. De su largo trabajo, quedan trescientas imágenes. Y las trescientas imágenes de esta inmensa desventura humana caben, todas, en un segundo. Suma solamente un segundo toda la luz que ha entrado en la cámara, a lo largo de tantas fotografías: apenas una guiñada en los ojos del sol, no más que un instantito en la memoria del tiempo.

 

La historia que pudo ser

En el mes de marzo del año 2000, sesenta haitianos se lanzaron a las aguas del mar
Caribe, en un barquito de morondanga.
Los sesenta murieron ahogados.
Como era una noticia de rutina, nadie se enteró.
Los tragados por las aguas habían sido, todos, cultivadores de arroz.
Desesperados, huían.
En Haití, los campesinos arroceros se han convertido en balseros o en mendigos, desde que el Fondo Monetario Internacional prohibió la protección que el estado brindaba a la producción nacional.
Ahora Haití compra el arroz en los Estados Unidos, donde el Fondo Monetario Internacional, que es bastante distraído, se ha olvidado de prohibir la protección que el estado brinda a la producción nacional.

 

La expulsión

Cristóbal Colón no consiguió descubrir América, porque no tenía visa y ni siquiera tenía pasaporte.
A Pedro Alvares Cabral le prohibieron desembarcar en Brasil, porque podía contagiar la viruela, el sarampión, la gripe y otras pestes desconocidas en el país.
Hernán Cortés y Francisco Pizarro se quedaron con las ganas de conquistar México y Perú, porque carecían de permiso de trabajo.
Pedro de Alvarado rebotó en Guatemala y Pedro de Valdivia no pudo entrar en Chile,
porque no llevaban certificados policiales de buena conducta.
Los peregrinos del Mayflower fueron devueltos a la mar, porque en las costas de
Massachusetts no había cuotas abiertas de inmigración.

 

La llegada

Sin documentos, sin dinero, sin nada, se echó a caminar desde su aldea de Sierra Leona. La madre regó con agua sus primeras huellas, para darle suerte en el viaje.
De los que con él salieron, ninguno llegó. Algunos fueron atrapados por la policía, y otros fueron comidos por la arena o la mar. Pero él ha conseguido entrar en Barcelona. Junto a otros sobrevivientes de otras odiseas, hace noche en la plaza Cataluña. Yace sobre el suelo de piedra, cara al cielo.
En el cielo, que poco se ve, busca sus estrellas. Aquí no están.
Quisiera dormir, pero nunca se apagan las luces de la ciudad. Aquí la noche es día también.

 


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