relatos de eduardo galeano

leia alguns dos relatos de eduardo galeano incluídos no livro bocas del tiempo, que está disponível para download, aqui.

La expulsión

Cristóbal Colón no consiguió descubrir América, porque no tenía visa y ni siquiera tenía pasaporte.
A Pedro Alvares Cabral le prohibieron desembarcar en Brasil, porque podía contagiar la viruela, el sarampión, la gripe y otras pestes desconocidas en el país.
Hernán Cortés y Francisco Pizarro se quedaron con las ganas de conquistar México y Perú, porque carecían de permiso de trabajo.
Pedro de Alvarado rebotó en Guatemala y Pedro de Valdivia no pudo entrar en Chile, porque no llevaban certificados policiales de buena conducta.
Los peregrinos del Mayflower fueron devueltos a la mar, porque en las costas de Massachusetts no había cuotas abiertas de inmigración.

Los emigrantes, ahora

Desde siempre, las mariposas y las golondrinas y los flamencos vuelan huyendo del frío, año tras año, y nadan las ballenas en busca de otra mar y los salmones y las truchas en busca de sus ríos. Ellos viajan miles de leguas, por los libres caminos del aire y del agua.
No son libres, en cambio, los caminos del éxodo humano. En inmensas caravanas, marchan los fugitivos de la vida imposible.
Viajan desde el sur hacia el norte y desde el sol naciente hacia el poniente.
Les han robado su lugar en el mundo. Han sido despojados de sus trabajos y sus tierras.
Muchos huyen de las guerras, pero muchos más huyen de los salarios exterminados y de los suelos arrasados.
Los náufragos de la globalización peregrinan inventando caminos, queriendo casa, golpeando puertas: las puertas que se abren, mágicamente, al paso del dinero, se cierran en sus narices. Algunos consiguen colarse. Otros son cadáveres que la mar entrega a las orillas prohibidas, o cuerpos sin nombre que yacen bajo tierra en el otro mundo adonde querían llegar.
Sebastiáo Salgado los ha fotografiado, en cuarenta países, durante varios años. De su largo trabajo, quedan trescientas imágenes. Y las trescientas imágenes de esta inmensa desventura humana caben, todas, en un segundo. Suma solamente un segundo toda la luz que ha entrado en la cámara, a lo largo de tantas fotografías: apenas una guiñada en los ojos del sol, no más que un instantito en la memoria del tiempo.

La partida

Esta mujer se marcha al norte. Sabe que puede morir de ahogo en la travesía del río y de bala, sed o serpiente en la travesía del desierto.
Dice adiós a sus hijos, queriendo decirles hasta luego. Y ya yéndose de Oaxaca, se arrodilla ante la Virgen de Guadalupe, en un altarcito de paso, y le ruega el milagro:
–No te pido que me des. Te pido que me pongas donde hay.

La historia que pudo ser

En el mes de marzo del año 2000, sesenta haitianos se lanzaron a las aguas del mar Caribe, en un barquito de morondanga.
Los sesenta murieron ahogados.
Como era una noticia de rutina, nadie se enteró.
Los tragados por las aguas habían sido, todos, cultivadores de arroz.
Desesperados, huían.
En Haití, los campesinos arroceros se han convertido en balseros o en mendigos, desde que el Fondo Monetario Internacional prohibió la protección que el estado brindaba a la producción nacional.
Ahora Haití compra el arroz en los Estados Unidos, donde el Fondo Monetario Internacional, que es bastante distraído, se ha olvidado de prohibir la protección que el estado brinda a la producción nacional.

La llegada

Sin documentos, sin dinero, sin nada, se echó a caminar desde su aldea de Sierra Leona.
La madre regó con agua sus primeras huellas, para darle suerte en el viaje.
De los que con él salieron, ninguno llegó. Algunos fueron atrapados por la policía, y otros fueron comidos por la arena o la mar. Pero él ha conseguido entrar en Barcelona. Junto a otros sobrevivientes de otras odiseas, hace noche en la plaza Cataluña. Yace sobre el suelo de piedra, cara al cielo.
En el cielo, que poco se ve, busca sus estrellas. Aquí no están.
Quisiera dormir, pero nunca se apagan las luces de la ciudad. Aquí la noche es día también.

El puerto

La abuela Raquel estaba ciega cuando murió. Pero tiempo después, en el sueño de Helena, la abuela veía.
En el sueño, la abuela no tenía un montón de años, ni era un puñado de cansados huesitos: ella era nueva, era una niña de cuatro años que estaba culminando la travesía de la mar desde la remota Besarabia, una emigrante entre muchos emigrantes. En la cubierta del barco, la abuela pedía a Helena que la alzara, porque el barco estaba llegando y ella quería ver el puerto de Buenos Aires.
Y así, en el sueño, alzada en brazos de su nieta, la abuela ciega veía el puerto del país desconocido donde iba a vivir toda su vida.

El albatros

Vive en el viento. Vuela siempre, volando duerme.
El viento no lo cansa ni lo gasta. Es de vida larga: a los sesenta años, sigue dando vueltas y más vueltas alrededor del mundo.
El viento le anuncia de dónde vendrá la tempestad y le dice dónde está la costa. Él nunca se pierde, ni olvida el lugar donde nació; pero la tierra no es lo suyo, ni la mar tampoco. En el suelo, sus patas cortas caminan mal, y en el agua se aburre.
Cuando el viento lo abandona, espera. A veces el viento demora, pero siempre vuelve: lo busca, lo llama, y se lo lleva. Y él se deja llevar, se deja volar, con sus alas enormes planeando en el aire.

Los emigrantes, hace un siglo

Un mechón de pelo,
una vieja llave que había perdido su puerta,
una pipa que había perdido su boca,
el nombre de alguien bordado en un pañuelo,
el retrato de alguien en marco de óvalo,
una cobija que había sido compartida
y otras cosas y cositas venían, envueltas entre las ropas, en el equipaje de los desterrados.
No era mucho lo que cabía en cada valija, pero en cada una cabía un mundo. Chueca, destartalada, atada con cordones o mal cerrada por herrajes quejumbrosos, cada valija era como todas, pero igual a ninguna.
Los hombres y las mujeres llegados desde lejos se dejaban llevar, como sus valijas, de fila en fila, y se amontonaban, como ellas, esperando. Venían de aldeas invisibles en el mapa, y al cabo de sus largas travesías habían desembarcado en la isla Ellis. Estaban a un paso de la Estatua de la Libertad, que había llegado, poco antes que ellos, al puerto de Nueva York.
En la isla, funcionaba el colador. Los porteros de la Tierra Prometida interrogaban y clasificaban a los inmigrantes. les escuchaban el corazón y los pulmones, les estudiaban los párpados, las bocas y los dedos de los pies, los pesaban y les medían la presión, la fiebre, la estatura y la inteligencia.
Los exámenes de inteligencia eran los más difíciles. Muchos de los recién llegados no sabían escribir, o no atinaban más que a balbucear palabras incomprensibles en lenguas desconocidas. Para definir su coeficiente intelectual, debían contestar, entre otras preguntas, cómo se barría una escalera: ¿Se barría hacia arriba, hacia abajo o hacia los costados? Una muchacha polaca respondió:
–Yo no he venido a este pais para barrer escaleras.

 Ceremonia

El Chato llevaba muchos años detrás de aquel mostrador. Servía bebidas, a veces las inventaba. Callaba, a veces escuchaba. Conocía las costumbres y las manías de cada uno de los clientes que venían, noche tras noche, a mojar la garganta.
Había un hombre que llegaba siempre a la misma hora, a las ocho en punto de cada noche, y pedía dos copas de vino blanco seco. Pedía las dos a la vez y las bebía él solo, un sorbo de una copa, un sorbo de la otra. Muy lentamente, en silencio, el hombre vaciaba sus dos copas, pagaba y se marchaba.
El Chato tenía la costumbre de no preguntar. Pero una noche el hombre le leyó alguna curiosidad en los ojos; y como quien no quiere la cosa, contó. Dijo que su amigo más amigo, su amigo de siempre, se había ido. Harto de correr la liebre, se había ido muy lejos del Uruguay, y ahora estaba en Canadá.
–Allá le va muy bien –dijo.
Y después dijo:
–No sé si le va muy bien.
Y se calló la boca.
Desde que su amigo se había ido, los dos se encontraban cada noche, a las ocho en punto, hora de Montevideo, él en este bar de aquí y su amigo en un bar de allá, y bebían una copa juntos.
Y así pasó el tiempo, noche tras noche.
Hasta que una vez el hombre llegó con la puntualidad de siempre pero pidió una sola copa.
Y bebió, lento, callado, quizás un poco más lento y callado que de costumbre, hasta la última gota de esa única copa.
Y cuando pagó la cuenta y se levantó para marcharse, el Chato hizo lo que nunca: lo tocó.
Estiró el brazo sobre el mostrador y lo tocó:
–Mi pésame –dijo.


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